La Residencia de Estudiantes ha sido, desde que se fundara en 1910, uno de los centros culturales y científicos más representativos del país. Durante el primer tercio del siglo XX se caracterizó por ser un torrente de experimentación artística, un lugar donde acudían jóvenes de todos los rincones, tanto de España como de Europa y América, que marcarían el devenir de la historia del pensamiento. No es de extrañar, por lo tanto, que ese ambiente intelectual fuera el caldo de cultivo ideal para que floreciese una generación de literatos, pintores, cineastas, músicos y científicos que escribirían la historia de España.

En efecto, uno de los aspectos más característicos de la Residencia son los ilustres huéspedes que albergaron sus pasillos en las décadas de los años veinte y treinta. Los nombres propios que se suelen señalar como residentes o visitantes son muy variados: Federico García Lorca, Salvador Dalí, Luis Buñuel, Severo Ochoa, Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez, José Ortega y Gasset, Pedro Salinas, Eugenio d’Ors, Rafael Alberti o Manuel de Falla. Asimismo, entre las personalidades de otros puntos del globo terráqueo que acudieron a sus salones, destacan, por citar algunos ejemplos, Alfonso Reyes, Albert Einstein, Paul Valéry, Marie Curie, Igor Stravinsky, Howard Carter, John M. Keynes, Alexander Calder, Henri Bergson o Le Corbusier.

Recorrer los patios y las estancias del lugar traslada inmediatamente al visitante a ese efervescente ambiente de la Europa de entreguerras; aquel que, con sobresaliente acierto, Stefan Zweig denominara el mundo de ayer. Caminar por la Residencia o sentarse en cualquiera de los bancos de sus instalaciones es todo un acto simbólico que nos conecta con las historias que se cuentan de aquellas gentes, con aquel espacio pasado que llega hasta nuestro presente más inmediato. Mito y realidad, como no puede ser de otra forma, se funden para deleitar e, incluso, atrapar al caminante. Porque lo importante no es tanto lo que allí pasó, que también, sino el efecto figurativo que se proyecta con suma potencia en cada uno de nosotros, en ese imaginario retórico que seduce hasta el punto de sacudir la imaginación.

En la actualidad, tras una encomiable rehabilitación llevada a cabo entre 1990 y 2001, la Residencia se encuentra

Recorrer la Residencia es un acto simbólico que nos conecta con las historias de aquellas gentes

remodelada y recibe cada año aproximadamente unos 3.000 investigadores en estancias que no suelen prolongarse más allá de una semana. Sin embargo, la Residencia, debido a esa aura que vertebra sus estancias, no ha querido olvidar a las gentes que la convirtieron en ese singular centro caracterizado por su peculiar ambiente intelectual. Por ello, en el año 2010, con motivo del centenario de la creación de la Residencia, se procedió a realizar la recreación de una habitación de principios de siglo mediante el estudio de fotografías y testimonios de la época. Uno de los aspectos más interesantes de todo esto es que no se trata de una habitación concreta: no es la de Dalí, ni la de Lorca, ni la de Buñuel. Este aspecto, que podría resultar un tanto inverosímil y pasar inadvertido, es de suma importancia pues permite, precisamente, imaginar. Y es que, como no puede ser de otra forma, la imaginación, la ficción, poéticamente hablando, da mucho más poder que la propia realidad. Así, el espectador que acude puede permitirse el privilegio, a diferencia de otras recreaciones museísticas, de forjar su propio relato mediante lo que considere que pudiera ocurrir allí: qué conversaciones tendrían lugar entre Lorca y Dalí, qué carta escribiría Unamuno, qué idea cinematográfica desarrollaría Buñuel…

«Con motivo del centenario de la creación de la Residencia, se procedió a realizar la recreación de una habitación de principios de siglo mediante el estudio de fotografías y testimonios de la época».

A pesar de todo, ni la historia ni los libros han sido amables con gran parte de los huéspedes que por allí pasaron pero que, sin ningún género de dudas, contribuyeron a fijar el pensamiento de aquellos que sí han pasado a la posteridad. Por eso, el anonimato de la habitación es una estupenda forma de rendir homenaje a todos los que impregnaron con sus sueños las paredes, es decir, un memorándum de esos artistas sin obra. Visitar esta habitación es una ventana hacia el pasado, un puente que une la vida de aquellas gentes con nuestro presente, una manera de acercarnos, en definitiva, a su vida, a su día a día, a sus momentos más íntimos.

Adentrarse en la estancia permite, pues, que cada uno de nosotros rememore a través de sus propios recuerdos, de sus vivencias, el sentimiento de la colectividad. Porque cada objeto de la habitación, algunos de ellos originales y otros fieles reproducciones, nos recuerda a aquel viejo escritorio que un día desechamos por parecer un tanto deteriorado a pesar de seguir siendo útil, a aquellos libros que cuidadosamente habían ido conformando la biblioteca de nuestros padres, a aquel lienzo que un amigo de la juventud de nuestros abuelos había pintado como muestra de amistad, o a aquella humilde vajilla de nuestra tía que había contemplado animadas tertulias los domingos por la tarde, pero que decidimos sustituir por enseres de diseño sueco más apropiados para los actuales ritmos de vida. Todo ello se funde en esta exquisita recreación que es un magnífico reflejo de aquella vida modesta de comienzos de siglo, cuando todavía se pensaba en un futuro mejor y en cambiar el mundo a través del pensamiento y las ideas.

 

 

La habitación permite rememorar a través del recuerdo el sentimiento de la colectividad

Texto: Gonzalo Montero

Fotografías: Yaiza González