Juana Bellanato (Madrid, 1925), doctora en Ciencias Químicas, especialista en espectroscopía infrarroja y Raman aplicadas a diferentes problemas de interés científico, médico, farmacológico e industrial, es una de las investigadoras pioneras del CSIC. Su vida científica ha transcurrido, principalmente, en el Instituto de Óptica Daza de Valdés y en esta entrevista hace un repaso por su trayectoria y sus recuerdos. El concepto que predomina en sus declaraciones es el agradecimiento. Todo un ejemplo vital.

Sus padres las animaron a usted y a sus hermanas a realizar estudios superiores, algo que no era muy frecuente. ¿Fueron conscientes desde niñas de esta rareza que era un privilegio?

No, lo que hicieron mis padres yo lo encontré natural, no lo consideraba un privilegio, pero tengo que agradecerles que en una situación muy mala económicamente, como fue la posguerra española, se preocupasen por nuestra formación. Tuvimos suerte porque éramos tres hermanas; en las familias en las que había varones, el que tenía que estudiar era el varón, pero como en la mía no había competencia, yo pienso que eso tuvo que influir. También tuvimos suerte en vivir en Madrid, porque la gente que vivía en ciudades pequeñas o en pueblos muchas veces no tenía dinero suficiente para que los hijos o las hijas estudiasen donde había universidades y también residencias, incluso para el bachillerato. Por ejemplo, en el pueblo de mi madre había colegio, pero no instituto. Unos tíos míos tenían dos hijas y un hijo y, claro, el hijo fue el que mandaron a Madrid y estaba en un colegio interno. También hay que decir que salimos muy estudiosas, y era normal que nuestros padres quisieran que fuéramos al instituto y a la universidad, ya que ellos no lo pudieron hacer. Además, creo que a mi padre le hizo ilusión que yo estudiase química, ciencia que a él le gustaba. Cuando acabé el bachillerato me puse a dar clases particulares y con eso ayudaba a la familia. Luego, para la carrera, me dieron beca, pero si no sacabas notable de media te la retiraban.

Usted estudió Ciencias Químicas en la Universidad Complutense entre 1944 y 1949. Supongo que en aquellos años no tenía muchas compañeras en la facultad y seguramente ninguna profesora, ¿cómo la trataban sus compañeros y sus profesores?

Profesoras no había, como mucho eran ayudantes, pero catedráticas ni una. Compañeras sí; por lo que he dicho antes, en Madrid, al tener universidad, había muchas chicas de otras provincias. Dentro de ciencias, las opciones principales eran Química, Física y Farmacia. Física parecía más difícil, ahí había pocas.  En Farmacia sí había más, las que luego querían poner una farmacia. En Química, que es lo que yo estudié, había muchas chicas, por lo menos una tercera parte; en la orla final se ven 20 chicas y 26 chicos, aunque no todos habíamos empezado a la vez.

El trato con los profesores no era normal. Estábamos sentados en un banco en un pasillo, me acuerdo, pasaba un profesor y todos (chicos y chicas) nos poníamos de pie; los respetábamos mucho. Yo creo que con los chicos se trataban más y de forma más cercana, pero no era como ahora, que todo el mundo se habla de tú, ellos estaban en otro nivel.

«En Química, que es lo que yo estudié, había muchas chicas, por lo menos una tercera parte»

¿Cómo descubrió su vocación por la espectroscopía? ¿Fue decisivo conocer al profesor Miguel Antonio Catalán?

Yo ya conocía a Catalán por una coincidencia: me dieron el premio extraordinario de bachillerato y, cuando me presenté a ese examen, allí estaba Catalán que acompañaba a su hijo Diego. Era una persona muy simpática con todos, que éramos entonces jovencillos, y él, mientras esperábamos el examen, hablaba con nosotros y nos contó su historia: que era yerno de Menéndez Pidal, que era la oveja negra de la familia porque era el único de ciencias… Ya se me quedó grabado.

Unos años después, en la universidad, tenía yo que hacer asignaturas de doctorado, cuatro a elegir, y como a mí me sonaba Catalán, la primera que elegí fue espectroscopía, de la que no tenía ningún conocimiento. Fue mi segundo encuentro con Catalán, que era el catedrático de esta asignatura.

Al terminar la carrera, ahí sí que era difícil para una mujer científica colocarse en un laboratorio. Ni como investigadora ni como trabajadora. Por ejemplo, yo recuerdo que fui a los Laboratorios Alter y ahí, si hubiese tenido solo el grado de bachiller, me hubiesen admitido, eso me dijeron, pero como tenía una carrera, no era posible. Yo necesitaba el trabajo, les dije que no me importaba trabajar como ayudante, pero como era licenciada tampoco podía ser. Me falló el trabajo, pero, seguramente, si me hubiese colocado habría cambiado mi destino para peor.

Espectrógrafo Hilger expuesto en el vestíbulo del Instituto de Óptica Daza de Valdés

Usted se incorpora en 1950 al Instituto de Óptica Daza de Valdés del CSIC ¿Nos puede contar cómo era el ambiente de trabajo? ¿Había más investigadoras?

Tuve un profesor de física y química en bachillerato, en el Instituto Isabel la Católica, José R. Barceló, al que aquí le quiero dar las gracias, porque no se lo agradecí nunca, aunque tuvo mucho que ver con mi futuro. Él trabajaba por las tardes en el CSIC, en el Instituto de Óptica. Se encontró por la calle a mi hermana, que también había sido alumna suya, y le preguntó por mí; ella le contó que estaba buscando trabajo, que no sabía qué hacer, y Barceló le dijo que fuera a verle al Instituto de Óptica. Yo pensé, como no sea en espectroscopía, no me gustaría trabajar en Óptica. Así que fui a verle y me ofreció trabajar con él  para hacer la tesis doctoral, precisamente en el campo de la espectroscopía, aunque como siempre he dicho, en principio, de «becaria sin beca». Había terminado la carrera hacía poco, el edificio de Óptica Daza de Valdés era nuevo y fue una oportunidad porque no había demasiada gente. Barceló era el responsable de la Sección de Espectros Moleculares dentro del Departamento de Espectros Atómicos y Moleculares, que dirigía Miguel Catalán.  Entré, por tanto, en su departamento, aunque no tuve mucho trato con él, porque en esa época hacía muchos viajes y además murió pronto, en el año 1957.  En cualquier caso, le tengo que agradecer que, seguro, sin saberlo yo, él aprobaba mis ascensos en el Instituto de Óptica, ya que era el jefe de departamento y, además, era una persona que ya tenía mujeres trabajando con él, como Laura Iglesias, Olga García Riquelme y otras. Yo había entrado en el año 50, hice la tesis y la leí en el 54. Este fue el tercero y más importante encuentro con Miguel Catalán.

Fachada del Instituto de Óptica Daza de Valdés

Tengo que agradecer a Catalán que fuera mi padrino de tesis, porque entonces, para presentar una tesis en la universidad, había que ser catedrático y Barceló, mi director de tesis, era catedrático de instituto, pero no de universidad. Con Catalán, recuerdo, estuve corrigiendo la tesis, que entonces se hacía a máquina, con muchas copias, y salían regulares, y él con una goma me decía lo que había que borrar para que quedara limpio y tuviera buen aspecto. Conmigo fue muy bueno y la tesis la aprobé con sobresaliente. La pena es que murió muy pronto, podía haber dado mucho más, estaba en pleno rendimiento. Murió en un fin de semana por un problema grave de páncreas, tenía 63 años, no pudieron hacer nada por él, le operaron y nada. Hasta final de semana estuvo en el Instituto trabajando y el lunes, cuando llegamos, nos dijeron que había muerto.

Usted pasó varias estancias en instituciones científicas europeas, concretamente en Alemania y Gran Bretaña. ¿Cómo se valoraba en estos países la investigación española de aquel momento?

Sí, estuve en Alemania, en Friburgo, del año 56 al 57 y, posteriormente, en Inglaterra, en Oxford, de lo cual me siento muy orgullosa. 

No me decían nada de la investigación que se estaba haciendo en España, supongo que no la valoraban mucho. Posiblemente porque en España, entonces -estamos hablando de la década de los 50 y principios de los 60-, los laboratorios tenían muy pocos instrumentos y algunos científicos y científicas buenos (como María Teresa Toral) se habían ido al terminar la guerra a México… En cuanto a las mujeres científicas pioneras, que fueron las de antes de la guerra, esas… La costumbre era que cuando una científica se casaba dejaba de trabajar, no tenía la culpa ella, la tenía también el marido, y luego, con la guerra, esas se perdieron para la ciencia. En otras circunstancias históricas, habría habido más mujeres, porque muchas, por ejemplo, dentro de mi campo, la espectroscopía, como Dorotea Barnés, que trabajaba con Catalán, abandonaron la investigación.

Infografía de las estancias científicas de Juana Bellanato. Realización: Miriam Ortega

En la actualidad los jóvenes investigadores también continúan su formación en el extranjero, pero tienen muy difícil volver a España porque hay pocas oportunidades. ¿Cómo podríamos evitar esa fuga de talento y hacer de España un país atractivo para los científicos?

Con dinero, con dinero para la investigación, eso hay que exigírselo a los gobiernos sucesivos. Lo que falta es dinero. Es lo que yo pienso, es mi opinión.

¿De qué trabajos científicos se siente especialmente orgullosa?

Bueno, más concretamente, en relación con mi tarea científica, me referiré a mis estancias en Oxford y Friburgo. A Oxford fui con una beca del Consejo Británico; era necesario haber tenido buenas notas en la carrera, y yo tenía una media de notable. En aquellos tiempos si no tenías notas no hacías nada, no tenías mucho porvenir; también pasa hoy.  El Consejo Británico se encargaba de que tuviésemos reuniones y actividades culturales, de organizar viajes para conocer Gran Bretaña y estuvimos, incluso, en Escocia. O sea, que yo aprovechaba todas esas oportunidades, y además ya tenía más experiencia.

A Alemania, año 1956, llegué como una pardilla, y no era tan joven, porque perdí años de estudio con la guerra. Tenía 30 años, pero en la España de entonces, sobre todo las mujeres, teníamos poca experiencia y me preguntaban por todo… Y el problema de la religión: yo no tenía que decir qué religión tenía, pues con decir que era española, ya sabían que era católica y la mayoría eran luteranos.  Se metían conmigo, me preguntaban, incluso, por la conquista española de América ya que, en aquellos tiempos, salió un libro sobre Hernán Cortés y me pedían cuentas. No digo lo que contesté porque me

arrepiento de lo que dije. La estancia en Alemania, especialmente al principio, fue muy dura, el idioma muy difícil también, aunque yo ya había estudiado alemán en el bachillerato; pero luego me encontré que hablaban dialecto: tenían que hablar conmigo el alemán puro (high Deutsch), porque, de lo contrario, yo no les entendía. En fin, todo eso fue duro. Incluso murió mi padre estando yo allí. Pero también tuve experiencias muy bonitas.

«En aquellos tiempos si no tenías notas no hacías nada, no tenías mucho porvenir; también pasa hoy»

En Inglaterra tenía mucha más experiencia, aunque también se metían a veces conmigo, como en Alemania, por la diferente confesión religiosa y por la historia (Gibraltar y la Armada Invencible). Me quedé en Navidad, porque no te dejaban salir con la beca que disfrutaba, a no ser que tuvieras una razón importante, y querían que conociésemos bien Inglaterra; entonces me encontraba por la calle a algún hispanoamericano, todo triste, con morriña, y yo le consolaba porque ya estaba más experimentada en vivir fuera de España. Los ingleses se portaron muy bien conmigo en esas fechas.

En Alemania estuve 15 meses y en Inglaterra 10. Luego he vuelto a los dos sitios varias veces.

¿Qué le pareció el homenaje a las científicas pioneras que celebró el CSIC el mes pasado?

Me gustó verme en el vídeo. Fue una cosa buena. Por mí no, pero hay muchas mujeres que han trabajado aquí, y aunque yo estoy en plan optimista, teníamos problemas, algunas tenían muchos problemas. En Arbor una vez pidieron colaboración para un artículo sobre las mujeres en física. Yo entrevisté a María Egüés, a la que había conocido en el Instituto de Óptica, mayor que yo, y ella cuenta su experiencia cuando entró aquí, que se tenía que esconder cuando llegaba un profesor porque no quería verla, no querían mujeres en los laboratorios. Piedad de la Cierva, que también llegué a conocerla, tuvo problemas con la oposición a una cátedra en la Universidad de Murcia: se presentaba ella sola y la declararon desierta. O sea, que las que eran un poco mayores que yo lo pasaron peor.

Pilar López Sancho, Flora de Pablo, Rosa Menéndez, Ángela Nieto, Manuela Juárez, Juana Bellanato y Dolores Cabezudo el día del homenaje a las científicas pioneras del CSIC

En mi caso tengo mucho que agradecer al Instituto de Óptica y a su director, José María Otero Navascués. Antes que yo entró María Teresa Vigón y otras mujeres que trabajaban con Catalán, como he dicho antes. Un compañero dijo que no me mandaran a Alemania, que me iba a ahogar en un vaso de agua (yo debía de ser muy modosita entonces). Otero no le hizo caso, confió en mí y me mandó allí. Tengo que agradecérselo. También, aunque no me daba cuenta entonces, además de a Otero, estoy agradecida a Barceló y a Catalán. Yo también respondí, claro, con mi trabajo. Porque es cierto que en otros institutos no pasaba esto, hacías la tesis y ya está. En muchos institutos de mi época no querían mujeres científicas como personal fijo.

Una fotografía histórica y otra actual del comedor del Instituto de Óptica Daza de Valdés

Después de jubilarse ha seguido usted muy activa en el campo de la investigación.

Después de jubilarme, vinculada como doctora ad honorem, he seguido viniendo a mi laboratorio durante muchísimo tiempo. A mí me jubilaron, porque yo no tenía interés en jubilarme, a los 65 años. Yo quería seguir, tenía cosas hechas que había que publicar.

Sigo yendo a un Congreso Europeo de Espectroscopía Molecular y soy todavía del Comité Internacional. Es cada dos años y creo que este próximo ya no iré, porque toca Finlandia y ya tengo muchos años. Pero el año pasado estuve en Coimbra. Y dos años atrás en Hungría. Siempre he asistido, desde 1957; creo que solo falté una vez. Quise abandonar el Comité, pero dijeron que no, que siguiese. Pero en Finlandia, en 2020… yo creo que ya estaré con bastón y no iré.

¿Está satisfecha de su experiencia como investigadora del CSIC?

Tengo mucho que agradecer al Consejo y a todas las personas con las que me he encontrado, a mis compañeros y compañeras, porque me han dado premios, aquí en el Consejo también, incluso la Placa Institucional, además de otros del Comité Español de Espectroscopía y de la Sociedad Española de Óptica.

Laboratorio del Instituto de Óptica Daza de Valdés donde trabajó Juana Bellanato

 

También estoy agradecida al Consejo por la oportunidad de ir a congresos científicos. He podido viajar mucho, conocer sitios, estar con gente interesante, que todavía nos felicitamos en Navidad. Estuve en la India, en Japón, en Norteamérica y en muchos sitios de Europa, en congresos y, en algunos casos, en estancias cortas. Así que yo no puedo hablar mal del Consejo, estoy muy agradecida.

Espectrógrafo y prensa de vacío de los años 80 empleados por Juana Bellanato

Por mi parte, he ayudado a mucha gente con las  tesis doctorales: yo creo que en eso he sido útil, porque, como trabajaba en espectroscopía y es fundamental para ver la estructura de las moléculas, químicos orgánicos, farmacéuticos o gente de industrias que se dedicaban a síntesis, entre otras técnicas necesitaban la espectroscopía infrarroja y la espectroscopía Raman para completar las tesis. Luego publicábamos los trabajos conjuntamente. También he colaborado durante varios años, junto a personas de mi equipo, en el campo de la Medicina (litiasis renal). Así he pagado un poco el bien que me hicieron las personas mayores que yo.

¿Tiene la conciencia de haber hecho lo que quería en la vida?

No, nunca me lo he planteado, he aprovechado las circunstancias, he vivido al día. Yo lo que sí quería era estudiar, pero todo lo demás no lo tenía previsto. Llegué a profesora de investigación, que es lo máximo a lo que se puede llegar aquí. No me puedo quejar. Y me dieron premios, yo digo que a lo mejor no me los merecía, pero es que si no se acuerdan de ti…

Juana Bellanato en la sede central del CSIC

Texto: Amalia Bautista

Fotografías: Yaiza González y Archivo CSIC